Dragones, guardianes del Infinito

Publicado el 15/Mar/2011

DRAGONES GUARDIANES DEL INFINITO

(Por: Dantes)

La ciencia moderna los arrinconó en el folclore, y éste les recluyó en la leyenda. Lejos de esconderse entre los cuentos infantiles, sin embargo, la faceta esotérica de los dragones ha permanecido disimulada desde el inicio de la humanidad, protegiendo terribles arcanos. Su reinterpretación actual permite asociar tan fantásticas criaturas con la alquimia, los templarios y otros misterios seculares…

El ocaso del dragón en tanto un monstruo legendario se inició durante el “siglo de las luces”, cuando naturalistas del mundo entero se vieron incapaces de localizar y capturar ni tan siquiera un ejemplar. Más tarde, con el nacimiento de la paleontología en 1841, se abrigaron algunas esperanzas de hacer coincidir a tan sobrecogedora criatura con el extinto dinosaurio. Por desgracia, el objeto de esta búsqueda brillaba por su ausencia al igual que sus parientes del periodo jurásico. “Hasta aquel momento nadie acotó la palabra dinosaurio”, explicaban, entre otros, el célebre naturalista Charles Darwin. “Esperaríamos que en el pasado se emplearan términos como monstruo o dragón”. Fuesen o no la evolución final de un saurio, hacia 1910 la biología empezó a determinar su inexistencia aduciendo pruebas biométricas. De entrada, un pseudoreptil gigante blindado con zarpas, cola, cuernos, y que encima escupiera fuego perturbaba las teorías evolucionistas.
Asimismo, su hipotética envergadura alar no le permitiría levantar el vuelo, a menos que la extensión de dichos apéndices fuese cuatro veces superior a las dibujadas por los retratistas medievales. Por otro lado, sus grandes dimensiones también le impedirían llevar una dieta esporádica de doncellas. El metabolismo de una criatura tan descomunal le exigiría pasarse el día devorando sin cesar a cuantas víctimas asaltara.
Por tanto, la mención de los dragones en occidente se relegó a las fábulas infantiles o bien, por intereses políticos, a las manifestaciones folclóricas. La teoría de los arquetipos de C. G. Jung, ideas e imágenes atávicas grabadas en nuestro subconsciente, empero, añadió una nueva lectura por parte de los historiadores actuales. Desde que Aristóteles efectuara los primeros estudios en su De natura –s. IV a. de C.–, las descripciones posteriores hacían hincapié en hábitos y morfologías cada vez más caóticas. “Es importante distinguir entre serpiente y dragón”, escribía el medievalista Ignacio Malatcheverría en una obra afín: “Si éste último fuese una serpiente grande, jamás hubiera aparecido en los bestiarios. No en vano, el término proviene del sánscrito DRK –el que acecha–, un significado que en la antigua Babilonia venía asociado además con la expresión Tad Ekam, la conciencia. Más tarde, Grecia les denominó Derkhestai –la mirada–, junto a un papel muy concreto: guardián de secretos ocultos”.
El huerto de las Hespérides o el Vellocino de oro, por recurrir a los textos clásicos, constituían una muestra de los lugares y objetos que custodiaban de propiedades en absoluto banales. Con fuerza bruta y astucia, el campeón de turno burlaba su vigilancia apropiándose del codiciado botín, un aspecto que se radicalizó durante el dominio romano. A ellos se les debe el mote de draco –demonio–, emplazándoles además en cuevas y otros enclaves subterráneos.

Deformacion Medieval

Tras la caída de Roma y el advenimiento de la Iglesia, el dragón acabó criminalizado. Las descripciones bíblicas del Leviatán, y el Behemoth en el libro de Job y los salmos no dudaron en mencionar su aliento incendiario y la epidermis escamosa, sentando cátedra a la hora de generar el mito. Habida cuenta que el creacionismo impuesto desde el pujante poder eclesiástico abogaba por una naturaleza perfecta y divina, la criatura se transformó en la expresión final del maligno.
Esta curiosa tesitura degeneró en una doble moral. Inicialmente, el clero atemorizaba a sus creyentes narrando los horrores de la bestia, exaltando a quienes osaban enfrentarse y –con suerte– derrotarla. En esta versión de la historia, el dragón mantenía el extraño hábito de almacenar cuantiosos tesoros que pasaban a ser propiedad del vencedor. Y si además se sumaba el rescate de alguna princesita cautiva, mejor que mejor. Tal resultaría el expediente relacionado con el señor de Belzunce, quien en 1407 peleó contra un gran dragón en San Pedro de Irube. Tras matarlo, Carlos II de Navarra le permitió en adelante que él y sus descendientes lucieran en su escudo la figura de una hidra con tres cabezas. Incidentes similares quedaban recogidos en la biblioteca universitaria de Cambridge (Inglaterra), donde entre 1510 y 1620 se organizaron en este país al menos un centenar de cacerías.
Al mismo tiempo, la aristocracia parecía superar los temores en torno a este ser adoptándolo en sus divisas nobiliarias. A guisa de ejemplo, Jaime I “el conquistador” (1213-1276) acostumbraba a lucir un yelmo dotado con las alas de un dragón, bastante útiles en las campañas de Valencia y las Baleares. En el mismo orden cabría situar la Orden del Dragón Vencido, creada en 1418 para contrarrestar el avance sarraceno sobre Europa, empleando la efigie invertida de dicha criatura a fin de reflejar el triunfo sobre los herejes.
A título anecdótico, uno de sus mayores paladines fue el hijo del célebre príncipe rumano Vlad Tepes, alias “el empalador”. Su descendiente del mismo nombre, no menos cruel, se paseó por la historia bajo el apodo de Drácula demostrando sadismo y religiosidad con idéntico fervor. Un fervor rememorado con bestialidad similar en la conquista de Jerusalén en 1099, cuando los cruzados invocaban al dragón antes de acuchillar a los defensores.
Parafraseando al antropólogo Julio Caro Baroja, lucir la figura de esta entidad en escudos y pendones equivalía a impregnarse de sus presuntos poderes. El origen de esta tradición apenas admite un origen claro, aunque las pistas señalan indefectiblemente a la extinta civilización egipcia. Sin extenderse demasiado en la cuestión, conviene recordar que la palabra faraón –al-firaun– era sinónima de dragón, emparejándole con la responsabilidad de gobernar sobre los elementos.

Alquimia Llameante

La anterior mención a los constructores de pirámides, junto a las cruzadas, en absoluto resultaría una casualidad. Ambos poseen un nexo de unión con la recóndita Orden del Temple, quien por espacio de varios siglos recogió el saber oculto de aquellas latitudes. El mismo dragón entró a formar parte de una complicada simbología, según expone el investigador británico Nicholas Wilcox en su libro Los templarios y la mesa de Salomón. “Al Dragón –la efigie– se le situaba delante del baphomet”, escribe este autor, si bien admite que se ignoran los motivos reales de la anómala ubicación. Tal vez ejerciera de cancerbero de un objeto ciertamente misterioso con apariencia de cabeza humana que, se especificaba, era capaz de brindar respuestas a todo tipo de cuestiones. O, tal vez, su presencia impedía que el propio Baphomet aportara soluciones a preguntas demasiado atrevidas para la época.
En segunda instancia, los propios templarios eligieron a la criatura con vistas a encubrir secretos relacionados con el arte alquímico. El ouroboros, la serpiente que se muerde la cola, era un símbolo conocido en Egipto desde el 1700 a. de C., y que a la sazón fue adoptado posteriormente por griegos y fenicios. A simple vista, representa los ciclos de la naturaleza que van repitiéndose sin cesar, junto a las fuerzas destructivas. Y aquellas que reinstauran el equilibrio.
Examinado desde otro nivel más profundo, el círculo que conforma el ouroboros remite a la inmortalidad o, en palabras de los alquimistas, “el todo es el uno”. Un opúsculo de aquel periodo, el Codex Marcianus –s. XI–, sugiere a propósito de esta frase que la experimentación proviene de una sustancia y al final regresa a ésta cuando ha conseguido transformarse. O lo que es lo mismo, se destruye para renacer a lo largo de una rueda interminable.
De ahí viene que la muerte del dragón revierta hacia un significado muy particular, donde interviene la figura de su apropiado ejecutor. La atormentada santa Margarita, sin ir más lejos, provoca la explosión de un lagarto demoníaco que se le aparece en su celda de castigo, engulléndola inmediatamente. Al poco rato, el estómago de la bestia revienta al santiguarse en su interior la víctima recién devorada, saliendo sana y salva. Eruditos como el enigmático Fulcanelli, ven en este episodio una metáfora de las reacciones químicas mal preparadas y peor desarrolladas, al carecer éstas del debido equilibrio. El famoso incidente entre san Jorge y otro miembro de esta fauna reptiliana posee además connotaciones mucho más explícitas. El egiptólogo Hans Goedicke llegó a sostener hace escasos años que, en realidad, se hacía alusión al dios Horus –Jor, pronunciado en egipcio–.
Sea cuál sea su procedencia, el uso de una lanza para acabar con el susodicho dragón ofrecía interpretaciones bastante dispares, plasmadas a lo largo del arte gótico y renacentista. Aunque de madera, la punta del arma acostumbraba a perfilarse de plata, metal que los alquimistas mezclaban para acelerar las reacciones. Mayor interés merecen los colores con que se dibuja a la escamada bestia, casi siempre ocres y oscuros, esto es, materia tosca y grosera.
Al clavarse la punzante lanza en la garganta de la criatura, comienza una transformación. El alquimista medieval Basilio Valentín sostenía que el caparazón externo eran las impurezas que debían refinarse. Un coetáneo suyo, Nicolás Flamel, iba más lejos al exponer en su Libro de las figuras jeroglíficas que matar al dragón equivalía a dominar ese elemento inestable. Pero los lienzos de aquel momento histórico amagaban muchas claves más.



Manifestaciones Encriptadas

En primer lugar, raramente se muestra al dragón dentro de su cubil, sino en el exterior, en campo abierto. Cueva, en latín, significa refugio pero también residencia o torre, y la criatura abandona ese lugar tan seguro –y tan lóbrego– para fallecer a plena luz del día. Junto al mismo, se colocan el caballero y la dama a rescatar, uno a cada lado del supuesto monstruo, ésta última engalanada y sin las habituales señales de haber sufrido un secuestro.
De nuevo, hay que requerir a Fulcanelli para aportar datos con los cuales entender el significado de las escenas expuestas. Los escritos que legó hablan de que la reacción deseada cabe originarse fuera del crisol. Aparte de ese detalle, la figura de la princesa cautiva recuerda con sus colores las claves alquímicas. El blanco –mercurio– predomina junto a rojo y verde, aludiendo a otros elementos, mientras que el caballero debe protegerse –con armadura– ante el carácter violento de la reacción.
La idea de la torre, junto a los elementos masculino y femenino, se repite de forma solapada en las ediciones más modernas del Tarot. El arcano mayor 16, la torre, muestra un edificio cuya porción superior estalla en llamas y, simultáneamente, caen a tierra dos figuras. La correspondiente a la mujer se suele dibujar medio escondida tras la edificación, si bien lo sorprendente consiste en el número de pequeñas esferas dibujadas a lo largo del naipe.
Los trazos de la alquimia vuelven a relucir al estudiar el número de tales esferas, de colores blanco, azul y rojo, precipitándose desde el techo de la torre. Para los entendidos en el referido sistema de adivinación, el arcano habla de energías mal contenidas, o de tareas inacabadas. Aplicado a la simbología, cabría considerar lo que sucede si se dejan de respetar las debidas condiciones de trabajo. O sea, dejar suelto al dragón antes de tiempo.
Richard Wagner, en su Tännhauser, el héroe Sigfrido mata al monstruo y se baña en su sangre, pero una hoja cae sobre un punto de su espalda que le convierte en vulnerable, y esta debilidad le cuesta la vida cuando un rival arroja sobre él un venablo… ¡cuya punta es de plata, por supuesto! La metáfora acerca de los errores de cálculo a la hora de experimentar supondrían la lección que convendría aprender. Ahora bien, ¿Sobre qué? El objetivo prioritario de la alquimia residiría en hallar la Gran Obra, paso final que se logra tras sintetizar la piedra filosofal. En palabras más simples, la propia inmortalidad o el poder de dominar el infinito si se prefiere, de dar crédito a los textos prohibidos. El dragón, sencillamente, impide el acceso a ese conocimiento. Y, tras vencerle, se superan los temores que anidan dentro de uno mismo, dudas y prejuicios que impiden adentrarse en conocimientos tan profundos. En ello perduraría la simbología que emana de esta criatura única…

Fuentes:

Historia.alamedianoche.com

Última actualización: 15/Mar/2011
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